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Saborearé tu nombre como si fuese sangre, Vol. 3

Book
"No puedes escapar de esto", afirma, ignorando la espada que le apunta al gaznate. Sus manos manchadas de fango intentan agarrar la hoja del arma, como intentando hacer entrar en razón a quien la blande. "No te lo permitiré. Si corres, te perseguiré. Si te escondes, te encontraré. Nada me apartará de tu lado, Mudeel". Su hermano de armas resopla una mofa, aunque suena como una mezcla de burla y sollozo. Después de todo por lo que han pasado, después de todos esos combates, ¿por qué Sadun no está de su parte? ¿Por qué no le reconforta, a diferencia de su esposa? ¿Por qué no puede ser esa constante presencia en la oscuridad? Naturalmente, no debería esperar ninguna otra cosa, ahora, al final de todas las cosas. Sadun el estúpido, el amable, el ingenuo. Ahora sabe, aunque lo haya negado durante la última década de guerra, que ama a este hombre tan insensato.
"Esta vez no puedes venir, Sadun". Las palabras casi les rompen el corazón a los dos, pero Mudeel continúa. Se clava las uñas en su propia palma, intentando no empeorar aún más la situación. A pesar de todo, nunca ha querido que su mejor amigo desaparezca. Ni siquiera después de todo lo que le ha arrebatado. Después de todo lo que se han arrebatado el uno al otro. Sadun avanza dando tumbos, ignorando la amenaza de la espada. Mudeel blasfema, retira la hoja en el último momento y la deja caer sobre el polvo a sus pies. El rostro de Sadun tiene un aire engreído, el mismo que adopta cuando entrenan peleando y realiza una maniobra especialmente ingeniosa. Al final, incluso después de todo esto, no cree que Mudeel vaya a hacerle daño de verdad. "¿Cómo dices?". Sadun murmura algo a su oído mientras se abraza a él. Mudeel siente que su cuerpo se tensa, intentando evitar venirse abajo ante el contacto. Intentando evitar derrumbarse bajo el peso de todo aquello y refugiarse en el abrazo de Sadun, como ya hizo una vez.
"Encontraremos la manera de solucionarlo. Juntos". Las manos de Sadun, ásperas y llenas de callos después de toda una vida protegiendo al rey que ahora tiene delante, acarician su espalda en círculos, tranquilizadoras. Casi es suficiente. Casi demasiado, en realidad, un contacto que lo consume como el fuego de la Fénix. Bruscamente, lo aparta de un empujón, resoplando del esfuerzo. Sadun siempre ha sido más grande que él, al fin y al cabo. "¡Estoy intentando salvarte la vida, insensato!". Mudeel se enerva, con los ojos inundados de miedo. Miedo, añoranza y un deseo anhelante. "Puedes salvarla deteniendo toda esta estupidez. Ven conmigo". La mano de Sadun se desliza por el brazo de Mudeel, sujetándolo. Luego espera, expectante. De forma ilusa, quizás, aguarda una respuesta que Mudeel no le puede dar.
Quiere decir que sí. Nunca ha querido tanto nada más en su vida. Pero puede oír las palabras del Oráculo en su mente, una advertencia y una maldición pronunciadas en lo profundo de la noche, y se da cuenta de que lo sabe. Sabe que, incluso aunque nunca puedan estar juntos, prefiere que el hombre que tiene delante esté vivo y lo odie a que muera y se quede encerrado en sus recuerdos, junto a su esposa. "Muy bien", enuncia, tragando saliva. Luego baja la mirada hacia el agua de lluvia que encharca el suelo a sus pies. "¿Muy bien?". Sadun repite sus palabras, con los labios temblorosos. Mudeel no quería mirar, no se atrevía a ver la esperanza en sus ojos.
"Muy bien", repite Mudeel, tendiendo los brazos hacia Sadun. Para abrazar firmemente a su hermano de armas. Sin que Sadun pueda siquiera notarlo, Mudeel envía una sacudida de Flujo por sus venas, con la intención de dejarlo inconsciente. Su hermano de armas se desploma sobre el suelo, con el rostro flácido y la boca aún retorcida en una sonrisa. Mudeel se aleja dando un paso, carraspea y llama a uno de sus hombres. "Llévatelo al otro lado de la frontera. Los demás, ¡preparaos para marchar!". Tiene una guerra que ganar, al fin y al cabo.
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