Entrada de diario
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El sol ha vuelto a salir, un día más.
El clima es cada vez más cálido. Me recuerda a los días de verano de nuestra juventud, cuando nos escapábamos mientras Ma seguía dormida a jugar a los piratas en la playa.
Tú eras el capitán, y yo, tu teniente. Nos aventurábamos a lugares desconocidos, sobrevivíamos a todo tipo de aventuras y descubríamos tesoros legendarios secretos.
En el mar éramos libres de las mundanas tribulaciones. Esa era la vida con la que soñábamos.
Hasta aquel día, en los muelles, cuando te vi partir en el barco que construimos y me di cuenta de que me había quedado solo, anhelando aquella vida.
Pasé muchos años guardándote rencor, dedicando cada momento de vigilia a perseguir tu sombra. En sueños, me acechaban los fantasmas del pasado.
Cada vez que te tenía al alcance, te me escapabas (otra vez) mar adentro.
Hasta una noche de tormenta, en la que conseguí encontrarte en la costa. Se te habían acabado las siete vidas, por fin.
"¿Dónde se torció nuestra relación, hermano?", me preguntaste, mientras luchabas por mantenerte despierto entre mis brazos.
Mientras te miraba, veía al hermano al que una vez conocí y amé. El que me pasaba unas sardinas extra sobre la mesa cuando Ma no miraba, el que me ayudó a superar mi miedo a las profundidades, el que me enseñó a amar la vida.
"He encontrado el tesoro de verdad. Ahora te toca a ti".
Esas fueron tus últimas palabras, y te sumiste en un sueño eterno con una sonrisa en la cara.
Cuando tu viaje terminó, comenzó el mío. Me puse tu parche y respondí a la llamada de la mar.
Me aseguré de que el mundo no se olvidase de Barbaprisma. Que no se olvidasen de ti.
Te dejé descansando junto al barco que tanto adorabas, y pronto te acompañaré también.
Ha sido una noche larga, hermano. Me alegro de estar en casa.
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